﻿     Antes de Romperse
     
     
     
     La noche era fría y se encontraba en su punto más alto. El brillo rojizo de la luna iluminaba las calles, los jardines y las arboledas con un tono casi sangriento. El triste viento gimoteaba al son del llanto de los condenados, mientras su fuerza obligaba a las plantas a bailar al compás de su fúnebre ópera. Las lámparas de cera contrastaban tímidamente con un filtro amarillento las esquinas y callejones donde se escondían los seres que temían ser vistos, mientras que las avenidas se mantenían vacías.
     Así, en lo más profundo del cuarto círculo del Infierno, llegamos a un gran palacio. De arquitectura gótica, con torres de tejados picudos.
     Rematadas con veletas y pináculos oscuros que rozaban las nubes violáceas del crepúsculo. Los muros revelaban piedra negra pulida, decorada con tracerías finamente esculpidas y vitrales multicolores que contaban historias olvidadas.
     Los arcos ojivales estaban enmarcados por enredaderas que trepaban con obstinación por los contrafuertes. Las ventanas reflejaban una tenue luz interior, como si el edificio aún respirara vida entre las sombras. La puerta principal —una pieza imponente de hierro forjado— se abría lentamente, dejando escapar un aliento de aire tibio y antiguo, cargado de incienso y polvo.
     A su alrededor, jardineras con todo tipo de flora servían como límite natural junto a las rejas del alcázar. La variedad de plantas era indescriptible e imposible de cuantificar, pues no solo provenían del mundo humano, sino también del mismo Averno —reconocibles únicamente por sus cualidades surreales.
     Es de esta forma que comienza la historia: en la alcoba de uno de los reyes del Inframundo. Decorada con papel tapiz de rojo escarlata, con un estampado de diseño peculiar: dos alas alzadas en pleno vuelo, formando un círculo con una corona de cinco puntas en el centro. Un motivo que se repetía como un mosaico, patrón tras patrón a través de cada muro de la habitación.
     En el centro se encontraba una cama gigantesca, vestida con ropas de seda y terciopelo, que solo con verla te invitaba a caer en los brazos de Morfeo. A cada lado, una lámpara de aceite —vacía, pero encendida de todas formas por débiles flamas invocadas por magia— descansaba cómodamente sobre las orillas de unos tocadores de caoba, tallados a mano con hermosos relieves que parecían latir bajo el calor de la luz embrujada.
     Aquí yacían dos seres.
     El primero: Paimon.
     Su figura como la de un búho real antropomorfo sin alas, sus plumas café brillante destellando bajo la luz de las lámparas encantadas. Los largos penachos sobre sus ojos se alzaban como cejas colosales, eclipsando la corona de oro puro incrustada con diamantes blancos que reposaba con arrogancia sobre su cabeza. Cada paso resonaba con propósito, su mirada de rubíes encendidos barriendo la habitación, silenciando incluso el crepitar de las llamas mágicas.
     De su espalda caía una larga cola que llegaba hasta el suelo, otorgándole un porte imponente, digno de su jerarquía.
     En su rostro descansaba lo que parecía una máscara de antifaz victoriana, blanca y adornada con filigrana dorada. Por sus orificios se asomaban dos ojos brillantes como rubíes, de iris rojo sangre y córneas negras como la tinta del abismo: dos orbes de luz suspendidos en la oscuridad, como faroles encendidos en una caverna sin fondo.
     Su atuendo, reminiscente de la última década del siglo XIX, acentuaba su figura con una elegancia imponente. Realzaba su pecho y hombros con majestad, mientras el talle estrecho de su torso —esbelto y curvado con precisión casi escultórica— evocaba la silueta de un noble ángel caído.
     Vestía una camisola blanca bajo un chaleco rojo vino, abotonado con piezas doradas y adornado con finos cordones negros. De entre ambos, emergía una guirindola que caía como un símbolo de poder, visible y orgullosa por encima de las prendas, como una insignia de linaje ocultista.
     En sus manos, unos guantes de cuero negro reforzaban su porte marcial: no el de un cortesano, sino el de un cazador a punto de salir a la cacería de almas.
     Su pantalón, de tela oscura ceñida, delineaba sutilmente la forma de sus piernas, completando con sobriedad el conjunto.
     A todo ello se sumaba una capa de cuello alto que descendía hasta el suelo: dorada por dentro, donde suaves destellos blancos semejaban estrellas atrapadas en la tela; y por fuera, una gradación de tonos carmesí, escarlata y granate que culminaba en una base salpicada de pequeñas gemas brillantes, como una constelación invertida bordada sobre el abismo.
     A Paimon se le veía discutiendo con el segundo individuo: una mujer, su esposa. La Reina Octavia.
     Su figura era delicada, de curvas perfectas; una belleza incomparable, digna de lo eterno. Al igual que Paimon, su aspecto era el de un búho antropomorfo sin alas, aunque su plumaje era de un tono cenizo, con matices azul grisáceo y reflejos pálidos como el hielo.
     Su rostro, de un blanco inmaculado como el invierno, era hipnótico: seis ojos lo adornaban con gracia antinatural. Cuatro de ellos se alineaban verticalmente sobre su frente —dos de cada lado— mientras que los dos restantes se ubicaban en el sitio donde cualquier criatura tendría los suyos.
     Todos brillaban con un rojo profundo, como rubíes bañados en sangre, excepto los últimos dos, cuyos iris blancos y homogéneos parecían esferas de marfil fundido. El conjunto daba la impresión de una máscara celestial, similar a la de su marido, aunque esta cubría por completo su rostro, otorgándole un aura más etérea que marcial.
     Sus cejas eran largas y finamente delineadas, más humanas en forma y expresión que las plumíferas de su esposo, subrayando su feminidad con elegancia ritual.
     Su pico, fino y pequeño, completaba el retrato de una mujer gentil... o al menos, de una gentileza perfectamente calibrada.
     Vestía una prenda de una sola pieza, de tela brillante y diseño tan ornamentado que bien podría confundirse con varias capas superpuestas. Su estructura era ostentosa y delicada, reminiscente —como la de su esposo— de los últimos años del siglo XIX.
     La tela parecía contener todos los colores del espacio exterior: tonos negros, grises, azulados y blancos que, en conjunto, provocaban un sutil y magnético énfasis en las decoraciones doradas que abrazaban su cintura, caderas, pecho, cuello y mangas.
     Unos guantes de tela oscura, semitransparente, completaban el conjunto, al tiempo que una pequeña corona dorada de tres picos delataba su posición sin necesidad de palabra alguna.
     De solo mirarla se sentía un calor maternal, suave y envolvente… pero también una intimidante aura de respeto y fineza que emanaban con naturalidad de su ser.
     La discusión se intensificaba con cada palabra que salía de sus picos, mientras intercambiaban miradas tan afiladas que podían cortar el viento mismo; miradas cargadas de un resentimiento antiguo, profundo, lo bastante sólido como para sobrevivir generaciones por venir.
     El violento intercambio de palabras agitaba el aire con tal hostilidad que terminó por perturbar la calma del palacio...
     ...y así, sin quererlo, despertar al pequeño príncipe que dormía en su cuna, en la recámara contigua.
     Dando un vistazo, esta recámara compartía el diseño de la habitación de sus padres, con una única y sutil diferencia: donde debería haber una cama, se alzaba una cuna, hermosamente decorada con pequeños adornos de colores brillantes y cubierta por una suave tela roja que descendía sobre ella como un techo improvisado.
     La estructura, hecha de madera de cedro, estaba ornamentada con delicadas figuras talladas a mano que simulaban constelaciones flotando en el vacío estelar. Se mecía lentamente por sí sola, impulsada por una magia tranquila y protectora.
     Si uno se acercaba, podía verse al polluelo: un pequeño búho de plumaje gris y rostro blanco como el de su madre. Tenía cuatro ojos, todos intensamente rojos, brillando como rubíes encendidos. Era regordete, vestido con una pijama azul celeste de rayas, y cubierto por una manta de azul marino que abrazaba con fuerza, aterrado por los gritos que se colaban desde el cuarto contiguo.
     A su lado descansaba un peluche: una criatura roja, vagamente similar a un conejo, con una sonrisa siniestra de dientes largos, afilados y completamente fuera de lugar para un juguete infantil.
     Regresando a escena, la discusión continuaba:
     —¿Que no me enfade? —replicó Octavia, su voz cargada de furia contenida—. De todas las cosas estúpidas que podías hacer... ¿no se supone que nosotros somos el ejemplo?
     Sus palabras titubeaban al andar, como si cada sílaba debiera abrirse paso entre nudos de ira y decepción.
     —Cesa tus insolencias, mujer. Y mucho menos olvides que, aquí entre los Goetia, yo estoy al mando. Recuerda tu lugar.
     —Disculpe Su Majestad... olvidé que la fidelidad es una de las excepciones de la realeza.
     —Tu sarcasmo no te llevará a nada.
     —¡Te acostaste con mi puta hermana! ¿Te parecería más prudente consultar a Su Alteza Lucifer? ¿Saber qué opina sobre su perro favorito siendo incapaz de dar el ejemplo?
     La sangre de Paimon burbujeaba al calentarse, reacción directa a la amenaza de Octavia.
     Era cierto: Paimon estaba a la cabeza de los Goetia, junto a los otros reyes, pero Lucifer... Lucifer estaba por encima de todo y de todos. Si Paimon caía, los reyes caían con él. Y si los reyes caían... entonces Lucifer mismo quedaría en vergüenza.
     Eso era impermisible.
     Impulsado por sus instintos, Paimon tomó a Octavia del cuello con una mano, mientras con la otra sujetaba su rostro por las mejillas. Sin mediar palabra, la estampó contra la pared con todas sus fuerzas.
     El golpe resonó seco y cruel.
     Octavia, luchando por respirar, sostuvo la mano que la asfixiaba con ambas manos. En defensa propia, abrió el pico y lo hundió con furia en la carne de su esposo.
     El picotazo solo avivó su rabia.
     Paimon soltó a su mujer de inmediato, solo para cerrar el puño y golpearla con brutalidad.
     Su pico se agrietó, y un hilo de sangre descendió por su rostro, empapando las plumas y manchando sus ropas.
     Mientras él se alejaba para observar la marca que apenas se notaba en su piel, ella se tambaleaba, con la mirada encendida en dolor y furia.
     El impacto emocional retumbó más que el físico: la violencia sacudió el ambiente con tal intensidad que el pequeño príncipe, en la habitación contigua, rompió en llanto.
     Su llanto era agudo, desesperado. Atravesó las paredes como una daga, volviéndose audible en cada rincón del palacio.
     Era un grito puro, visceral, nacido del miedo... y del quiebre.
     Ese sonido bastó para quebrar algo dentro de Paimon. Ya había soportado suficientes insultos por una noche.
     —¡Eres un sucio animal! —escupió Octavia, con la voz cargada de desprecio, mientras luchaba por contener las lágrimas—.
     Por puro instinto materno, Octavia se limpió el rostro con la manga y acudió al llamado desesperado de su hijo, que ya se encontraba en brazos de un imp mayordomo.
     Este último se había adelantado al conflicto, entrando apenas el llanto había comenzado. Pero el pequeño no daba cuartel: su llanto era inconsolable, como si cada grito fuera una súplica por orden y consuelo.
     Los imps, criaturas de baja estatura —no alcanzaban ni la mitad de la altura de un Goetia—, eran piel roja y cuernos blancos con franjas negras, o negros con franjas blancas... o de un solo color, sin patrón definido. Inferiores en todo aspecto físico o jerárquico, pero igualmente esenciales: componían la mayor parte de la población infernal.
     Este en específico tenía cuernos medianos y puntiagudos, completamente erguidos hacia arriba, con tres franjas negras bien definidas. Su piel era roja, salvo por un matiz pálido alrededor del ojo derecho, donde el rojo se desvanecía ligeramente hacia el blanco.
     Lucía un curioso bigote blanco y una melena igualmente nívea, signos evidentes de su edad avanzada.
     De su espalda se prolongaba una cola rematada en tres espinas, con una punta en forma de flecha.
     Vestía con una sobria elegancia: camisa blanca de cuello alto, moño morado rojizo, saco gris, pantalones negros, largos calcetines blancos y zapatos de charol negro bien lustrados.
     —Mis más sinceras disculpas, Su Majestad —dijo el mayordomo, con voz cargada de vergüenza y derrota—. No pude evitar interrumpir vuestra conversación.
     Pero su tono cambió de inmediato al percatarse de las heridas en el rostro de la Reina.
     —¡Pero qué barbaridad! —exclamó con espanto—. Llamaré al doctor de inmediato.
     —No es necesario, Raél; puedes retirarte —suspiró Octavia, con una voz que rompía el alma—.
     —De inmediato, Su Alteza.
     El imp se retiró sin decir más, entregando con cuidado al príncipe. Octavia lo recibió en sus brazos, y al instante el tétrico llanto se extinguió, como si la sola cercanía de su madre bastara para devolverle la paz.
     —No hay nada de qué preocuparse, pequeño. Mamá está aquí.
     El bebé, con sus manitas temblorosas, intentaba alcanzar el rostro de su madre. No reía ni balbuceaba, pero en sus movimientos se sentía la agonía; esa forma pura de tristeza que solo un niño puede manifestar sin comprender.
     —Tranquilo... Mamá está bien. ¿Me prometes que vas a dormirte y dejarás de llorar?
     Sonidos incomprensibles fueron su respuesta. Octavia, con ternura infinita y sabiduría ancestral, buscó el chupete. En cuanto se lo ofreció, el pequeño se aferró a él con concentración, agitando brazos y piernas mientras esbozaba una sonrisa débil.
     Octavia lo regresó suavemente a su cuna, lo acomodó con cuidado, y lo observó por un instante más. Luego, se levantó.
     —Dulces sueños, mi querido Stolas —Susurró, cerrando la puerta con gentileza—.
     De vuelta en su alcoba —con el deseo ahogado de no haberlo hecho—, Octavia volvió a enfrentar a su esposo. Paimon parecía inmutable ante todo lo sucedido. Confiado en su autoridad, convencido de que no había cometido falta alguna. Para él, si había consecuencias, serían para Octavia. Y si había heridas, ella las merecía.
     —Ya viene el doctor a revisarte. No quiero preguntas en el desayuno de mañana —Gruñó, más orden que advertencia—.
     Mientras Octavia estaba ausente, Paimon había comenzado a desvestirse con parsimonia. Se retiraba la camisa, la doblaba meticulosamente y la arrojaba sobre el cesto con el resto de su ropa. Ahora solo vestía su ropa interior.
     Su cuerpo era digno de admiración: de complexión poderosa, con músculos definidos sin exceso. El pecho amplio, los pectorales bien formados, todo en él era una escultura de fuerza...
     Pero para Octavia, ese atractivo había dejado de existir. Su belleza se había vuelto irrelevante, enterrada bajo capas de veneno emocional.
     Paimon, sin embargo, no lo entendía. En su mente, seguía creyendo que sus encantos surtían el mismo efecto de siempre, que su físico bastaba para borrar sus pecados.
Y así, se acercó a su esposa. Le tomó los hombros con firmeza y comenzó a acariciarlos de forma sensual, como si su tacto pudiera justificar lo imperdonable. Como si fuera una disculpa que nunca sería dicha.
     Octavia apartó la vista, con asco, y trató de zafarse de sus manos. No lo logró al principio. No fue hasta que alguien tocó la puerta, que Paimon, por fin, la soltó... concediéndole una momentánea libertad.
     —Adelante —Dijo Paimon con un tono grave, profundo—.
     —Con su permiso, Su Majestad. ¿Me llamaron?
     La voz venía del otro lado de la puerta. Un nuevo imp entró con pasos medidos.
     Este tenía cuernos cortos y curvados horizontalmente, casi como el manubrio de una motocicleta, cruzados por dos franjas negras. Su nariz redonda y prominente sobresalía de un rostro regordete, cubierto parcialmente por unos lentes de botella exageradamente grandes.
Vestía un traje negro que recordaba a los antiguos doctores de la peste, aunque sin la icónica máscara de cuervo, lo que le daba un aspecto más cálido y menos aterrador.
     Llevaba un maletín de cuero negro, del cual sacó una serie de instrumentos: todos diseñados para examinar el rostro y cuello de la Reina —las zonas maltratadas por su esposo.
     Trabajó en silencio y con eficiencia, aplicando primero un bálsamo que, al entrar en contacto con las heridas, las borraba como si nunca hubieran existido. Luego colocó una toalla sobre el pico de Octavia, bajo la cual descansaba un extraño hielo que no derretía.
     La blancura original de su tez volvió en cuestión de segundos.
Y, aun así, la escena seguía siendo profundamente tétrica.
     —Estos hielos son una bendición del Noveno Círculo —Comentó el doctor con una risita bonachona—. Nunca se descongelan. Solo mantenga esto sobre el pico unos minutos más y podrá irse a dormir.
     —Gracias, doctor. Cuando termine, puede retirarse —ordenó Paimon—.
     —No se preocupe, Su Alteza. No fue nada grave —añadió el imp, con tono reconfortante, dirigiéndose a Octavia.
     Tras un par de minutos, Octavia le devolvió el trapo helado. El doctor hizo una reverencia a ambos, guardó sus herramientas, y se retiró sin más palabras, dejando la alcoba nuevamente en silencio.
     —La próxima vez... que esto sirva a tu memoria —Dijo Paimon, su voz afilada como un látigo—. Ahora vamos a dormir. No pienso llegar tarde mañana.
     Se acercó a la cama y se recostó, quedándose con la mirada clavada en el techo, esperando a su esposa como si todo estuviera en orden.
     Octavia, aún adolorida, se retiró lentamente el vestido. Quedó en ropa interior: un fino calzón y un corpiño sencillo. Con manos temblorosas, se colocó una bata de tela suave como pijama.
     Y contra todos sus deseos, se acostó junto a su marido. Paimon la rodeó con sus brazos de inmediato, envolviéndola en un abrazo gélido, hipócrita. Su cuerpo se acercó al de ella con una lascivia apenas disimulada, como si el mundo no se hubiese quebrado minutos antes.
     Octavia apretó los ojos, su pico temblando apenas, mientras sus garras se clavaban en la sábana, buscando un ancla en la tormenta que rugía dentro de ella.
     Y así, los dos cayeron lentamente en el sueño...
     ...uno convencido de su derecho.
     La otra, deseando no despertar.

     ***
     
     El sol emergió con parsimonia en el horizonte infernal, proyectando sus rayos anómalos a través del cielo violáceo. Su luz, incandescente y surreal, comenzó a colarse entre los ventanales del palacio, acariciando las paredes de piedra negra con una calidez impía.
     Las plantas reaccionaban al baño maría de esa estrella demencial. Sus pétalos se abrían con lentitud ritual, en comunión con un amanecer que no prometía paz, pero sí continuidad.
     Los rayos de luz se filtraban en las habitaciones reales. Primero en la de los reyes, luego en la recámara contigua, donde una pequeña figura dormía bajo el resguardo de su cuna encantada. Conforme la luz tocaba su rostro, los párpados del príncipe se estremecieron. Poco a poco, con la fragilidad de quien aún no entiende el mundo, comenzó a despertar.
     Su primer sonido del día fue un llanto. No de miedo como el anterior, sino de costumbre. Un canto casi ceremonial que anunciaba el inicio de una nueva jornada.
     —Mujer...
     La voz de Paimon se arrastró entre las almohadas como una orden frustrada, sofocada por el peso de su propio tedio. Murmuraba sin mirar, esperando que el mundo respondiera a su queja antes de abrir los ojos.
     Octavia, en su infinita sabiduría —y en el dominio de las coreografías matutinas— esperó un instante. Un solo minuto bastó para que el llanto cesara. El bebé volvía a la calma.
     Aún adormecida, la Reina supo exactamente qué hacer al salir de su alcoba.
     —Buenos días, mi príncipe. —Cantó con una dulzura que desmentía la noche anterior—.
     —Buenos días, Su Majestad. —Respondió una voz femenina detrás de ella—.
     —Buenos días, Rym.
     Después de entregar a la criatura, la institutriz se inclinó para recoger un juguete del suelo. Lo hizo con precisión milimétrica, sin alterar ni un pliegue de su uniforme impecable.
     Su presencia dominaba con elegancia. Apenas más alta que un imp promedio, Rym se movía con la eficiencia de una máquina bien engrasada, guiando con gestos firmes y suaves a otras criadas que la seguían como reflejos. Acomodaban, limpiaban, preparaban. Cada tarea era ejecutada con la gracia de una procesión silenciosa.
     Mientras tanto, Stolas jugaba con el pico de su madre. Lo sujetaba con sus pequeñas manos, tironeando suavemente, como si quisiera probar su textura o asegurarse de que aún estaba allí.
     Octavia lo mecía lentamente. Un vaivén tenue, casi imperceptible, como si su cuerpo se resistiera al movimiento... pero su deber lo exigiera.
     —El baño está listo, madre.
     Otra joven imp, de complexión similar a Rym y uniforme idéntico, se aproximó con voz tímidamente informal.
     —Gracias, hija.
     Entonces así, Octavia besó la frente del pequeño príncipe. Su beso fue breve, pero cargado de una ternura tan precisa que parecía meditada.
     Luego lo devolvió con suavidad a los brazos de las criadas, deseando no dejarlo ir, como si solo ella pudiera protegerlo del mundo... aunque sabía que no era así.
     Se retiró de la habitación con un suspiro que apenas rompió el silencio. A sus espaldas, la rutina continuaba. Y los preparativos para la reunión de hoy seguían en marcha.
     
     ***
     
     La hora de partir no tardó en llegar.
     A solo unos pasos del carruaje, Rym entregó a Octavia la carriola donde Stolas descansaba, oculto bajo un velo discreto. El pequeño príncipe, aferrado a su conejo de peluche como si fuera un escudo, vestía su mejor atuendo: un chalequito rojo con botones dorados y cordones trenzados, sobre una camisola blanca perfectamente planchada. Sus plumas brillaban como el rocío al amanecer, suaves al tacto y frescas como seda viva.
     Resplandecía a la par del artilugio que lo transportaba: una carriola morada, de diseño ostentoso. Construida en metal bruñido, estaba compuesta por varas curvas que se entrelazaban en ángulos imposibles.
Su techo, de tela blanca cremosa, contrastaba con finos detalles en negro. Fúnebre y hermosa por igual. Las grandes llantas giraban con suavidad, facilitando la subida a la carroza.
     El vehículo, por su parte, parecía más una obra de arte que un medio de transporte. Su estructura de acero denso estaba adornada con resaltes de oro blanco, amarillo y rojo. El resto era negro profundo, como el abismo mismo, salpicado de laminados titilantes que evocaban estrellas suspendidas en el vacío.
     Con apenas un gesto —el simple danzar de un dedo del rey— un humo tenue, violáceo con matices cerúleos, emergió y los caballos comenzaron a jalar con precisión espectral.
     El trayecto fue breve, aunque elegante. Y finalmente, el destino apareció a lo lejos:
     Una mansión embriagante a la vista. No era particularmente grande, pero su arquitectura exquisita hablaba por sí sola: el exterior respiraba renacentismo, mientras que el interior dejaba asomar el gótico en todo su esplendor.
Colores de mármol blanco y negro profundo se mezclaban con pinceladas de rojo vivo que acentuaban los arcos, las columnas, los vitrales.
     El pico de Paimon rechinó al verla. Su puño se cerró, tenso, como si quisiera triturar el aire mismo.
       Las puertas del carruaje se abrieron por sí solas con un susurro metálico. De su interior descendieron Paimon, Octavia y el pequeño Stolas —quien reía jovial, mientras su carricoche flotaba suavemente fuera del vehículo, sostenido por magia sutil.
       Apenas audible, como un eco distante, se oía el coro susurrante del personal exterior comunicándose con el interior. Entre ellos, destacaban dos hellhounds apostados en la entrada principal.
       Criaturas antropomórficas de aspecto lobuno, cada uno portaba una lanza que usaban como bastón, aferrándose a ella con la firmeza que solo otorgan las armas que son extensión del cuerpo. Uno de ellos anunció la llegada de los visitantes, mientras el otro retrocedía con disciplina para permitir el paso al mayordomo de la mansión.
       Este último —un imp de baja estatura— salía con pasos rápidos, contrastando cómicamente con la altura de los lobos. Aunque sus cuernos eran cortos y enrollados como los de una cabra montés, nada podía compensar la diferencia de tamaño.
       Su voz, grave pero amable, parecía flotar extrañamente por debajo de su presencia.
       El efecto era aún más notorio cuando pasaba frente a las gárgolas que flanqueaban la entrada: estatuas de alas membranosas y cuerpos de imp lislique, su piel pegada al hueso, como si el tiempo se hubiese detenido justo antes del colapso.
       Parecían custodiar los jardines perimetrales, separados del camino por una cerca improvisada de arbustos enanos: lo justo para crear distancia entre el lugar y la vulgaridad de la muchedumbre.
       El ambiente entero se movía al compás de un larghissimo invisible: música compuesta por el rumor de agua corriendo, el canto de aves que no estaban allí, una fogata que ardía en algún rincón inexistente. Pasos sobre pasto seco, hojas que se quebraban al viento.
       Sonidos sin origen.
       Una ilusión perfecta.
       Una sinfonía para invocar inspiración… o meditación.
       —¡Bienvenido, Su Majestad! Un honor tenerlos aquí. —Entonó la voz gentil de una mujer, saliendo al encuentro—.
       La seguía de cerca un varón, cuya voz grave resonó con cortesía medida:
       —¡Su Majestad! Agradezco que haya aceptado nuestra invitación a este humilde refrigerio.
       —Crocell. Sabes por qué estoy aquí —respondió Paimon, directo y sin rodeos. Su voz, rápida y cortante, no permitía juegos sociales—.
       Luego, sin volver la mirada, apenas asintió en dirección a la mujer.
       —Theia.
       Eso era todo. Una sola palabra bastaba. En boca del rey, el nombre era saludo, reconocimiento y juicio. Nada más. Ni una sílaba desperdiciada.
       Crocell tenía la apariencia de un híbrido entre un cuervo y un águila harpía. Su cuerpo era humanoide, de plumaje gris cenizo, decorado con toques de blanco opaco en las plumas que adornaban su cabeza.
       A diferencia de Paimon y Octavia, Crocell tenía alas, pero solo una, completamente negra como sus ojos. Aquellos ojos... profundos y vacíos como la nada, parecían disolverse entre su propio plumaje. Un abismo contenido en carne y pluma.
       Theia, en cambio, era su opuesto perfecto.
       Un blanco casi celestial envolvía su figura, haciendo que pareciera ajena al mundo que la rodeaba. Su cuerpo era como el de una paloma blanca, delicada y serena, con un vestido largo de inspiración grecorromana, digno de los tiempos de Sócrates o Diógenes.
       Y, sin embargo, bajo aquella apariencia pura y casta, podía percibirse una oscuridad latente.
       No visible, pero palpable.
       —No tomaré más de su tiempo, Su Majestad —dijo Theia con una voz gentil, aunque teñida de un eco macabro—. Oh, y veo que también nos acompaña el joven príncipe.
       Se acercó a la carriola sin el menor asomo de duda. Miró a Stolas con una ternura cálida, inclinándose con interés mientras el pequeño respondía a sus gestos con balbuceos suaves.
       —Segundo ciclo... y aún se niega a hablar. —comentó Octavia con tono relajado, su postura fluyendo en armonía con su voz—.
       El pequeño Stolas, entusiasmado por la atención, interrumpía la conversación con risitas y chillidos. Octavia, con una sonrisa tenue, le rascaba con suavidad debajo del pico, haciendo que su cabeza girara como las manecillas de un reloj, mientras lanzaba un chillido alegre y agudo.
       —Sabe que es mejor no hablar si no se tiene nada bueno que decir. —dijo Paimon, su mirada descendiendo con juicio sobre su propio hijo—.
       —Bueno... no perdamos tiempo, Su Majestad —titubeó Crocell, rompiendo el silencio con una cortesía nerviosa—. Deben estar hambrientos.
       El joven príncipe alzó ambas manos con entusiasmo.
       —Y parece que alguien está de acuerdo conmigo —añadió Crocell, riendo con ligereza—.
       El grupo se dispuso a avanzar hacia el patio trasero, mientras la conversación continuaba con naturalidad:
       —Y bien... ¿qué reportes tienes del Primer Círculo?
       —El flujo de almas se ha estabilizado, Su Majestad —respondió Crocell, aliviado—. Tal como predijo Su Majestad... Lucifer.
       —Por el bien de esos idiotas, será mejor que así continúe.
       —Su Majestad, ¿Cuándo rendirá cuentas Adán? No es la—
       Crocell detuvo su excusa en seco. La mirada de Paimon lo había atravesado como una lanza invisible. Y, aun así, el peso no se disipó. Solo al cruzar hacia el patio trasero la tensión se quebró, como si el espacio mismo hubiese intervenido.
       El jardín era amplio y desbordante en belleza antinatural: flora de colores imposibles, con hojas que latían sutilmente, como si respiraran. Al fondo, unas mesas blancas de acero fundido con sillas que les hacían juego aguardaban en orden perfecto. Más que nunca se percibían los sonidos artificiales del principio: agua corriendo, aves invisibles, viento que no soplaba. Sobre la mesa, un banquete digno de los señores del Averno.
       Frutas de todos los colores en platos tallados a mano. Pan humeante, café negro como el abismo, agua más transparente que el cristal. Por terrenales que parecieran, ninguna de estas delicias pertenecía al mundo de los vivos.
       —No esperes nada de quien condenó a su propia especie —Susurró Paimon, con una burla tan fina que casi pasaba desapercibida—. No es la primera vez que te lo digo.
       Mientras todos tomaban asiento y eran servidos, el rey retomó su sermón con la calma de quien ha repetido la lección millones de veces.
       —El trabajo de Adán lo conoces. Lo que pasó… no le corresponde.
       Paimon tomó una manzana brillante entre sus garras. De su plumaje brotó un diminuto gusano que comenzó a perforarla, lento pero constante. Sin embargo, antes de llegar al centro, otro gusano —el doble de grande— emergió del interior de la fruta, devorando al primero y consumiendo la manzana hasta que solo quedó el eco de su existencia.
       —Todo crece según lo permitas.
       El segundo gusano saltó hacia un plato rebosante de frutas. Pero antes de tocar siquiera la primera, un fuego fatuo lo envolvió y lo redujo a cenizas en un parpadeo.
       —Y si crece demasiado… no tardará en salirse de control. Adán será un idiota y un inútil, sí. Pero si nosotros comenzamos a depender de otros, seremos los siguientes. Y el trabajo de Su Majestad Lucifer habrá sido en vano.
       —Lo sé, Su Alteza —Murmuró Crocell, derrotado—.
       —Demuéstralo.
       El silencio que siguió se volvió una lápida sobre la mesa. Ni el repicar de los cubiertos rompía la incomodidad. Al final del desayuno, Octavia dejó a Stolas jugar en libertad por el jardín.
       El pequeño se deslizaba entre plantas coloridas, chillando con alegría, balbuceando como si pudiera entenderlas.
       Mientras tanto, Octavia y Theia se alejaron con pasos serenos, listas para una conversación aparte, fuera del alcance de sus maridos.
       Entonces, viendo que no había más ojos ni oídos alrededor, Paimon rompió la quietud con tono más bajo:
       —En todo caso, Crocell… ¿Hiciste lo que te ordené?
       —Así es, Su Alteza. Pero…
       —No es momento para tu inseguridad. Es posible que deba cambiar mis planes. Y lo necesito listo.
       Crocell tragó saliva.
       —Lo está…
       —Perfecto.
       
       ***
       
       Lejos de los maridos, las dos esposas compartían su propia comidilla.
       —Y entonces, ¿Cuál es el punto de tener concubinas? —Soltó Theia con una risa suave, casi musical—. Aunque tampoco me sorprende… viniendo de Tella. Leviatán se morirá por oír esto.
       Ambas miraron hacia los hombres, que conversaban a la distancia. La mirada de Theia destilaba lo contrario a la sorpresa: parecía más bien la consecuencia de una causa que ya conocía, o la causa de un efecto que había visto repetirse.
       En cambio, la de Octavia era más difícil de leer. Tenía una mezcla que confundía tristeza con rabia, o nostalgia con resignación. Sus ojos no se detenían en ningún punto fijo, como si mirar directamente fuera más doloroso que no ver.
       —Agradezco el humor... pero no sé si este sea el momento.
       —¿Y no piensas exponerlo? —Preguntó Theia, con un tono que se endureció sutilmente—. No es un hombre que aprenda por sí solo.
       —Nada me haría más feliz —Suspiró Octavia—. ¡Lo atrapé en el acto! Y ni siquiera se inmutó... Pero...
       La risa de Stolas interrumpió la frase como un eco celestial, filtrándose por los ventanales como un perfume de infancia. Jugaba entre las plantas, hablándoles en un idioma de balbuceos y risas, atrapando insectos como si fuesen luciérnagas comestibles. Su inocencia era un faro. Una chispa de divinidad.
       Octavia lo miró, y sus ojos brillaron con un amor tan puro que parecía fuera de lugar en aquel mundo.
       —Lucifer te proteja, Octavia —Murmuró Theia, no como un deseo, sino como una oración desesperada—.
       
       ***
       
       Al caer las primeras horas de la tarde, Crocell ofreció que se quedaran para la comida.
       Paimon se rehusó sin dar excusa.
       Su rostro transmitía firmeza, casi convicción... pero su cuerpo, rígido como estatua, lo contradecía: una tensión evidente se aferraba a sus hombros como si el menor gesto fuera a traicionarlo.
       Octavia, por su parte, caminaba a su lado. Su postura era estoica, casi ceremonial, pero sus pasos titubeaban cada vez que el pequeño Stolas giraba a mirarla. Su sonrisa era débil, apenas un susurro sobre su rostro. La incertidumbre la rodeaba como una niebla, cantando ecos de futuros que conocía demasiado bien… y que deseaba no reconocer. La guerra interna entre aceptar lo inevitable o postergar lo obvio.
       —Cuento contigo, Crocell. —Dijo Paimon, posando su garra sobre su hombro, con una presión que pesaba más que mil órdenes—.
       —Sí, Su Majestad. Así será.
       Con eso, los reyes regresaron al palacio.
       
       ***
       
       La comida fue buena. El comedor, silencioso. Una nodriza alimentaba al príncipe en otra sala, lejos del juicio del trono familiar.
       La tarde transcurrió en una paz inverosímil. Paimon la pasó en su estudio, sumido en papeles, artefactos y pensamientos que no compartía con nadie.
       Octavia, en cambio, se quedó con Stolas. Le enseñó a leer con voz suave, mostrándole letras y símbolos antiguos. Le relató historias de épocas pasadas: cuentos de la humanidad, fábulas extrañas, relatos olvidados.
       Stolas, fascinado, la escuchaba con la devoción que solo los hijos pueden ofrecer.
       Y cuando su madre hablaba, las palabras no eran solo sonido: eran imágenes vivas, magia proyectada en el aire, como constelaciones animadas sobre el fondo del cosmos.
       Un patito, rezagado por sus hermanos, flotaba entre estrellas…
       Una niña bailaba sin descanso, hasta que le cortaban los pies para que pudiese detenerse; los zapatos seguían bailando solos.
       Octavia le leía. Le cantaba. Hasta que Stolas caía dormido. Entonces ella también se permitía descansar… aunque no del todo.
       Aún no había decidido qué hacer. Y sabía que cuando lo hiciera, no habría vuelta atrás. Si debía tomar una decisión, primero velaría por su hijo. Luego, quizá, podría pensar en sí misma.
       En este plano sobra el tiempo…
       Pero la mentira tiene patas cortas.
       Y la verdad, tarde o temprano, siempre alcanza.

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